-Gracias, señores, gracias. Yo también bebo a la salud de aquella noble dama… —dijo D. Francisco, pensando que sus agravios particulares contra ella no debían manifestarse ante una sociedad extraña—. ¡Ah, nos queremos tanto ella y yo!… Le dejo hacer su santa voluntad, porque tiene un talento, y una… Cuantas reformas se implantan en mi casa—palacio ella las dispone. Y si alguna disidencia o discrepancia surge entre nosotros, yo transijo, y sacrifico mi voluntad en aras de la familia. No hay otra mujer que raye a mayor altura para gobernar a una servidumbre numerosa. La mía es como los ejércitos de Jerjes. ¿Sabéis vosotros quién era ese Jerjes? Un rey de la Persia, país que está allí por Filipinas, el cual tenía tantas tropas de todas armas, que cuando les pasaba revista, lo menos tardaba siete meses en verlas venir, o verlas pasar… En fin, señores míos, y tú, Matías, mi particular amigo, dejemos ahora a mi cuñadita allá en sus rezos, tratando a Dios de tú, y vengamos a la realidad de las cosas. Yo soy muy dado a lo real, a lo verdadero, soy el realismo por excelencia. ¡Qué rica ternera! ¡Bien haya la vaca que te parió y te dio de mamar, y el pindongo matachín que te sacó la sangre para hacerte más tierna!… Yo profeso el principio de que la ternera es mejor que el buey, y este mejor que la vaca. En resumen, señores: yo me encuentro aquí muy bien. Como un sabañón, sin que el estómago se me suba a las barbas, y estoy alegre, tan alegre, que de aquí no me movería, si no me llamaran a otra parte los mil asuntos que tengo que ventilar. Esto es un oasis… ¿Sabéis lo que es un oasis?
-¡Toma!, el merendero fino que han puesto ahora en la Bombilla, y que tiene un rótulo que dice: Al oasis del Río.
-Eso no concuerda bien —dijo Torquemada, empezando a sospechar que había comido más de lo justo, y excedídose un poco en el beber—. No concuerda absolutamente, porque oasis es cosa de tierra, y el río, ya veis…

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