Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo mismo le puse en la calle, gritando: «Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni a ti ni a ninguno de tu pícara casta». A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana o el señor de Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el mundo… ¡Y los que yo quería ver no llamaban a mi puerta ni hacían caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir del Banco, vi a Constantino que salía con un amigo del café de Santo Tomás. Mirome y le miré. Yo no llevaba el revólver; si en aquel momento se llega a mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy hostil. Mirele con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije: «Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame a tu cueva, donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora a los seres divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu conocimiento y satisfacción…».

PROH

Address & Contact

GPS:

40.4147259, -3.7055622

Obtener ruta