Felipe seguía estos saludables consejos al pie de la letra, y la emprendió con todos los manjares que el mozo iba trayendo, sin perdonar ninguno. Aplacada su necesidad, quedole tiempo a su espíritu para maravillarse de todo, así de los gustosos platos como del servicio. Nunca había visto él mesa tan bien puesta y servida. Después de observar la elegancia de todo, la transparencia de las copas, la limpieza de las servilletas y manteles, la abundancia de golosinas, la esplendidez de tanto y tanto plato de carne, sustanciosos y exquisitos, la claridad del gas que tales maravillas iluminaba; después de observar esto, digo, y el primor de la habitación con su mullida alfombra y su gran espejo, se echaba recelosas miradas a sí mismo, y comparaba la riqueza del local y de la comida con su estampa miserable. Su ropa… ¡vaya, que estaba a propósito para aquel lugar! Sin ser andrajosa, más era de mendigo que de caballero… Su facha, sus manos… ¡Qué vergüenza! Por eso el mozo le miraba y como que se burlaba de él… Otros mozos cuchicheaban en la puerta, como pasmados de ver allí semejante tipo. ¡Gracias que tenía las grandes botas del siglo!… ¡Ay!, si D. Pedro y D. José Ido lo vieran en aquellas opulencias… delante de tanto plato fino, y bebiendo en aquellas copas, y comiendo todo lo que quería…! Cosas había allí, no obstante, que no sabía cómo se habían de comer ni para qué servían, por lo cual creyó prudente no tocarlas y afectar que no tenía más gana. Lo que no perdonó fue el sorbete, golosina que él ya conocía, aunque no había probado de ella más que porción muy mínima, cuando una señora, en el café de Zaragoza, le dio a lamer la copa en que lo había tomado.

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