Al compás de esta transformación en el orden económico, iba operándose la otra, la social, apuntada primero tímidamente en reformas de vestir, y llevada a su mayor desarrollo por medio de transiciones lentas, para que el cambiazo no saltara a la vista con crudezas de sainete. El uso del hongo atenuaba la rutilante aparición de un terno nuevo de paño color de pasa, y los resplandores de la chistera flamante se obscurecían y apagaban con un gabán de cuello algo seboso, contemporáneo de la entrada de nuestras valientes tropas en Tetuán. Tenía suficiente sagacidad para huir del ridículo, o para sortearlo con hábiles combinaciones. Aun así, la metamorfosis fue cogida al vuelo por más de un guasón de los barrios en que residían sus principales conocimientos, y no faltaron cuchufletas ni venenosas mordeduras. Sin hacer caso de ellas, D. Francisco iba dando de lado a sus tradicionales relaciones, y ya no podía disimular el despego que le inspiraban sus amigos del café del Gallo, y de diversas tiendas y almacenes de la calle de Toledo, despego que para algunos era antipatía más o menos declarada, y para otros aversión. Alguien encontraba natural que D. Francisco quisiera pintarla, poseyendo, como poseía, más que muchos que en Madrid iban desempedrando las calles en carretelas no pagadas, o que vivían de la farsa y del enredo. Y no faltó quien, viéndole con pena alejarse de la sociedad en que había ganado el primer milloncito de reales, le tildara de ingrato y vanidoso… Al fin, hacía lo que todos: después de chupar a los pobres, hasta dejarles sin sangre, levantaba el vuelo hacia las viviendas de los ricos.

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