Con esta cantata siguió buen trecho alejándose, hasta que, ya cerrada la noche, encontrose en los altos de San Bernardino que miran a Vallehermoso, y desde allí vio la masa informe del caserío de Madrid, con su crestería de torres y cúpulas, y el hormigueo de luces entre la negrura de los edificios… Calmada entonces la exaltación homicida y destructora, volvió el pobre hombre a sus estudios topográficos: «Este sitio sí que es de primera… Pero no, me verían los guardas de consumos que están en esos cajones, y quizás… son tan brutos… me estorbarían lo que quiero y debo hacer… Sigamos hacia el cementerio de la Patriarcal, que por allí no habrá ningún importuno que se meta en lo que no le va ni le viene. Porque yo quiero que vea el mundo una cosa, y es que ya me  importa un pepino que se nivelen o no los presupuestos, y que me río delincome tax y de toda la indecente Administración. Esto lo comprenderá la gente cuando recoja mis… restos, que lo mismo me da vayan a parar a un muladar que al propio panteón de los Reyes. Lo que vale es el alma, la cual se remonta volando a eso que llaman… el empíreo, que es por ahí arriba detrás de aquellos astros que relumbran y parecen hacerle a uno guiños llamándole… Pero aún no es hora. Quiero llegarme a ese puerco Madrid y decirles las del barquero a esas indinas Miaus que me han hecho tan infeliz.

Miau

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