La familia Relimpio vivía pobremente, porque D. José, con ser tan maestro en números, no había sacado de ellos ninguna sustancia. Doña Laura conservaba una casa y una viña en Dolores, que le daban mil reales al año. Las niñas trabajaban para las camiserías. Tenían máquina, y cosiendo noche y día, velando mucho y quedándose sin vista, allegaban de cinco a siete reales diarios. Melchor, el varón, no había llevado hasta entonces un solo céntimo a la casa, como no fuera el caudal inmenso de ilusiones y proyectos; pero la familia fundaba en él grandes esperanzas. Melchor, recién salido del vientre de la madre Universidad, tan desnudo de saber como vestido de presunción, había de ser pronto un personaje, una notabilidad. ¿No lo eran otros? Este era un punto inconcuso, el axioma de la familia, pues no hay familia que no tenga algún axioma.</p>

Para pagar con desahogo la casa, la familia tenía que ceder un gabinete a caballero decente, sacerdote, o señora viuda sin hijos. Durante tres años proporcionáronle este alivio distintos sujetos. Vacó dos meses el gabinete, hasta que vino Isidora, y con ella los cuatro reales diarios, y a más los ocho de la comida. Sin este refuerzo la hacienda de Relimpio se habría resentido bastante.

La desheredada

 

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