La noche avanzaba, seria y cariñosa, y cada vez se veían más faroles con luz. El farolero corría de candelabro en candelabro, y metiendo su palo largo en cada farol, iba estrellando el suelo de Madrid. En Recoletos, las luces reverdeaban entre los árboles, y de los macizos emanaba tibieza húmeda y fragancia de minutisas, Por la acera venía mucha gente elegante, pollas y galanes, señores con gabán, damas de sombrero. «Esta es la mía», pensó Felipe, y echó una mirada a su propio traje para cerciorarse si era adecuado al papel que iba a desempeñar. ¡A maravilla! Otro más derrotado no había por aquellos contornos. Empezó Felipe su postulación con plañideras exclamaciones. ¡María Santísima, qué cosas decía! Tenía a su madre baldada en cama, y a su padre le había cogido un carro y le había partido por la mitad. Ochavos y cuartos caían en sus manos, y él, animado por el éxito, más plañía cada vez y más molestaba y seguía a las personas, sin darles respiro, y machacando, machacando hasta que les hacía soltar la limosna. Era implacable.

El doctor Centeno

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