En las últimas noches de Agosto iba alguna vez al Prado, donde se reunía con las Cucúrbitas, y aunque horriblemente atormentada por la idea del compromiso inminente, tomaba parte en las conversaciones ligeras de la tertulia. Se formaba un grupo bastante animado, al que concurrían algunos caballeros. La Bringas pasábales mentalmente revista de inspección, examinando las condiciones pecuniarias de cada uno. «Este –pensaba–, es más pobre que nosotros; todo facha, todo apariencia, y debajo de tanto oropel un triste sueldo de veinte mil reales. No sé cómo se las arregla para mantener aquel familión…». «Este no tiene más que trampas y mucho jarabe de pico…». «¡Ah!, este sí que es hombre: le suponen doce mil duros de renta; pero se dice que no le gustan las mujeres…». «¡Oh!, este sí que es enamorado; pero va a que ellas le mantengan… y qué ajadito está…». «¡Este no tiene sobre qué caerse muerto… es un libertino de mal gusto que no hace calaveradas más que con las mujeres de mala vida…». «He aquí uno a quien yo debo gustar mucho, según la cara que me pone y las cosas que me dice… pero sé por Torres que Torquemada le prestó dos mil reales para llevar a baños a su mujer, que está baldada… ¡pobrecita!…». De esta revista resultaba que casi todos eran pobretones más o menos vergonzantes, que escondían su miseria debajo de una levita comprada con mil ahogos, y los pocos que tenían algún dinero eran de temperamento reposado y frío… Veíase la dama encerrada en un doble círculo infranqueable. Pobretería era el uno, honradez el otro. Si los saltaba, ¿adónde iría a caer?… Observando en la semioscuridad del Prado la procesional marea de paseantes, veía pasar algunas personas, muy contadas, que atraían la atención de su exaltado espíritu. El farol más próximo les iluminaba lo bastante para reconocerles; después se perdían en la sombra polvorosa. Vio al marqués de Fúcar, que había vuelto ya de Biarritz, orondo, craso, todo forrado de billetes de Banco; a Onésimo, que solía mirar como suyo el Tesoro público, a Trujillo el banquero, a Mompous, al agente de Bolsa D. Buenaventura de Lantigua, y otros. De estos poderosos, unos la conocían, otros no; alguno de ellos habíale dirigido tal cual vez miradas que debían de ser amorosas. Otros eran de intachables costumbres dentro y fuera de su casa…

La de Bringas

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