Salí de mañana a dar una vuelta por el Retiro y a ver el vigoroso claro oscuro de aquellos árboles cuyo verde intenso parece que azulea, a mirar este cielo que de tan azul parece un poco verde. Quise recrearme en aquella placidez matutina, oyendo los toques de misa, que suenan como altercado aéreo entre torre y torre, disputándose los fieles; viendo a las devotas madrugadoras que de las iglesias salen con su librito en una mano y en otra las violetas o rosas que han comprado en la puerta; atendiendo al vocear soez y pintoresco de los vendedores ambulantes. Cuando regresé, ya se oían algunos de esos pianos de manubrio que son la más bonita cosa que ha inventado la vagancia. Dan a Madrid la animación de una tertulia o baile de cursis, en que todo es bulla, confianza, ilusión juvenil, compás de habaneras y polkas, sin que falten tactos atrevidos y equívocos picantes. Estos pianos, el toque de las esquilas eclesiásticas, que tañen todos los días y los domingos atruenan, el ir y venir de gente que no hace más que pasear, y otros mil perfiles característicos de un pueblo en que toda la semana es domingo, eran para mí la expresión externa del vivir al día y de esa bendita ignorancia del mañana sin la cual no hay felicidad que sea verdadera.

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