Mañana tengo baile y cena, una solemnidad de familia, absolutamente indispensable. Ya he repartido las invitaciones… ¡verá usted qué chasco! Hija, deme usted por Dios un vaso de agua, porque no puedo hablar. Tengo algo aquí que me corta la respiración…(Después de tragar algunos buches de agua.) Para evitarme quebraderos de cabeza, encargo la cena a Bonelli. Ayer le mando llamar. Creo arreglarlo fácilmente; pero el tal, con todo su descaro, me exige que le he de pagar las tres cenas que se le deben. Yo bien quisiera; figúrese usted si me gustará deber… ¡Ay!, créalo usted, mi mariducho tiene la culpa de que vivamos de esta manera… Pero vamos a lo que decía. ¿Qué estaba yo diciendo? No sabe usted cómo está mi cabeza. ¡Ah! En vista de la exigencia de Bonelli, mando llamar esta mañana a Trouchín, el de la calle del Arenal, que nunca me ha servido nada; le propongo servirme la cena de mañana, la ajusto, nos convenimos; pero el condenado ¿creerá usted?, con muchas cortesías y mucha labia me dice que si no le pago anticipadamente no hay cena… Esto ya es un insulto. Jamás me ha pasado cosa igual… Le diré a usted. Es que los reposteros todos son unos. Sin duda Bonelli fue a prevenir a Trouchín y a llevarle el cuento de que yo le debía tres cenas. Es una conspiración contra mí, un complot… Si bien se mira, no les falta razón, querida; ¿pero yo qué culpa tengo? ¡Ese hombre incapaz, mi maridillo…! Cuanto se diga de él es poco. Es propiamente incalumniable… He tenido que pagarle ayer una cuenta de su sastre, que se había colgado de la campanilla de la puerta de casa… Con que ya ve usted mi situación; aconséjeme, indíqueme alguna salida.

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