Una tarde se les antojó a los chicos ir al teatro, y como el de Martín está tan cerca y daban El Nacimiento del Hijo de Dios y La Degollación de los Inocentes, tomé un palco y nos fuimos allá, Irene, yo y la familia menuda. Chita, que se dispuso a ir también y llegó hasta la escalera con un sombrerote tan grande que no se le veía la cara, se volvió adentro porque se sentía muy fluxionada. Yo estaba alegre aquella tarde, y el aspecto del teatro, poblado de criaturas de todas edades y sexos, aumentaba mi regocijo, el cual no sé si provenía de una recóndita admiración de la fecundidad y aumento de la especie humana. Hacía bastante calor allí dentro, y las estrechas galerías, donde tanta gente se acomodaba, parecían guirnaldas de cabezas humanas, entre las cuales descollaban las de los chiquillos. No he visto algazara como aquélla; arriba, uno pedía la teta, abajo berraqueaba otro, y en palcos y butacas las pataditas, el palmoteo, y aquel continuo mover de caras, producían confusión, mareo y como un principio de demencia. Las luces rojizas del gas daban a aquel recinto, donde hervían ardientes apetitos de emociones, tanta bulliciosa y febril impaciencia, no sé qué graciosa similitud con calderas infernales o con un infiernito de juego y miniatura, improvisado en el Limbo en una tarde de Carnaval.
Mucho terror causó a Pepito María ver salir al demonio, luego que se alzó el telón. Era el más feo mamarracho que he visto en mi vida. El pobre niño escondía su cara para no verlo; sus hermanitas se reían, y él, excitado por todos para que perdiese el miedo, no se aventuraba más que a abrir un poquito de un ojo, hasta que, viendo los horribles cuernos del actor que hacía de demonio, los volvía a cerrar y pedía que le sacaran de allí. Felizmente la salida de un ángel, armado de lanza y escudo, que con cuatro palabras supo acoquinar al diablo y darle media docena de patadas, tranquilizó a Pepito, el cual se animó mucho oyendo las exclamaciones de contento que de todos los puntos del teatro salían.
A medida que adelantaba la exposición del drama, Irene y yo nos admirábamos de que asunto tan serio, poético y respetable, se pusiera en indecente farsa. Sale allí un templo con una ceremonia del casamiento de la Virgen, que es lo que hay que ver y oír. El sacerdote, envuelto en una sábana con tiras de papel dorado, tenía todo el empaque de un mozo de cuerda que acabase de llegar de la esquina próxima. Vimos a San José, representado por un comiquejo de estos que lucen en los sainetes y que allí era más ridículo por la enfática gravedad que quería dar al tipo incoloro y poco teatral del esposo de María; vimos a esta, que era una actriz de fisonomía graciosa, con más de maja que de señora, y que se esforzaba en poner cara inocente y dulzona. Vestida impropiamente, no podía acomodar su desfigurado talle de modo que desapareciesen los indicios de próxima maternidad. Pero lo más repugnante de aquella farsa increíble era un pastor zafio y bestial, pretendiente a la mano de María, y que en la escena del templo y en el resto de la obra, se permitía groseras libertades de lenguaje a propósito de la mansedumbre de San José. Irene opinaba, como yo, que tales espectáculos no deben permitirse, y hacía consideraciones bien tristes sobre los sentimientos religiosos de un pueblo que semejantes caricaturas tolera y aplaude.

El amigo Manso

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