Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fue cosa rara; antes bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca, le ofrecía a cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones de amor propio. «Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no un alcalde del tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann. Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte a Sur, que está reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares. Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha… hasta la de la Magdalena… Por el otro lado, varié la dirección de la calle de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz Club, hice otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca cosa… Siguieron luego los derribos; ¡qué nube de polvo!… siete mil obreros… aire, luz, higiene… En fin, cuando me dormí ya estaba abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle del Ave-María hasta el Hospicio…».

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